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Faro Santander: cuando una antigua sede bancaria se convierte en un nuevo faro cultural

Faro SantanderHay edificios que forman parte de una ciudad mucho antes de que alguien decida convertirlos en un museo. Permanecen en la memoria colectiva, asociados a una actividad, a una época, a determinados gestos cotidianos. El antiguo edificio del Banco Santander en el Paseo de Pereda pertenece a esa categoría. Durante décadas fue un lugar vinculado al dinero, a la actividad financiera y a la identidad de una de las instituciones empresariales más importantes de España. Ahora, después de cinco años de transformación, cambia radicalmente de naturaleza: el 8 de septiembre de 2026 abre sus puertas como Faro Santander, un nuevo centro de arte y cultura impulsado por Fundación Banco Santander.

Y quizá ahí esté la primera cuestión verdaderamente interesante: ¿qué ocurre cuando el edificio que representaba el poder económico de una ciudad se transforma en un espacio destinado a la cultura?

La respuesta todavía está por escribirse.

El proyecto arquitectónico ha sido desarrollado por David Chipperfield Architects, en una intervención que no pretende borrar la historia del inmueble, sino reinterpretarla para darle una nueva vida pública. El edificio supera los 10.000 metros cuadrados, con cerca de 3.000 destinados a espacios expositivos, distribuidos en cinco plantas. Pero más allá de las cifras, lo que llama la atención es la voluntad de convertir el antiguo Edificio Pereda en algo más que un contenedor de exposiciones.

El característico arco que atraviesa el edificio se convierte en uno de los grandes protagonistas de esta transformación. Es una intervención arquitectónica que modifica la relación del edificio con la ciudad y, sobre todo, con el Paseo de Pereda. El antiguo banco deja de ser un espacio cerrado sobre sí mismo para intentar convertirse en un lugar de tránsito, encuentro y experiencia.

Chipperfield, uno de los arquitectos más influyentes de la arquitectura contemporánea, plantea así una operación que podríamos interpretar como una metáfora: abrir lo que antes estaba reservado.

Y esa apertura resulta especialmente significativa cuando hablamos de arte.

Del patrimonio privado al espacio público

Faro Santander nace alrededor de dos grandes conjuntos artísticos.

Por un lado, la Colección Banco Santander, que propone un recorrido por la historia del arte desde el Renacimiento hasta la creación contemporánea. Tiziano, El Greco, Rubens, Velázquez, Goya, Tàpies, Soledad Sevilla o Juan Uslé forman parte de un relato que atraviesa siglos y lenguajes.

Por otro, México Moderno en la Colección Gelman Santander, una exposición que reúne algunas figuras esenciales del arte mexicano del siglo XX: Frida Kahlo, Diego Rivera, Rufino Tamayo, José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros o Gunther Gerzso, entre otros.

A ellas se suma El surrealismo sintomático: Leonora Carrington, una exposición particularmente interesante por su relación con la propia ciudad. Carrington estuvo ingresada en Santander entre 1940 y principios de 1941, y su presencia en Faro introduce una conexión histórica entre artista, territorio y memoria que va mucho más allá de la simple exhibición de una colección.

La elección de estas exposiciones para inaugurar Faro no parece casual. Hay una intención evidente de demostrar que el nuevo centro puede jugar simultáneamente en varias ligas: la del gran patrimonio artístico, la del arte moderno internacional y la de la creación contemporánea.

Pero precisamente aquí comienza el verdadero desafío.

Porque tener a Velázquez, Goya, Frida Kahlo o Diego Rivera no convierte automáticamente a un edificio en un centro de arte contemporáneo.

El museo como experiencia

Lo más interesante de Faro Santander quizá no esté únicamente en las obras que veremos colgadas en sus paredes, sino en aquello que sucederá alrededor de ellas.

El proyecto incorpora espacios como Cubo, concebido como una galería audiovisual e inmersiva donde tecnología y creación artística se encuentran; Llamita, destinado a la experimentación artística y educativa; Marisma, orientado a dar visibilidad a los procesos creativos del tejido artístico cántabro; y un auditorio destinado a conversaciones, cine, música y artes vivas.

Esta estructura revela una concepción del museo bastante alejada del modelo tradicional.

Ya no basta con mirar.

Ahora se pretende participar, experimentar, escuchar, conversar, aprender y, en definitiva, permanecer.

Es una transformación que afecta a buena parte de los grandes centros culturales contemporáneos: el museo deja de ser únicamente un lugar donde se conservan objetos para convertirse en una plataforma de producción cultural.

Y Faro Santander parece querer situarse precisamente ahí.

Santander ante un nuevo mapa cultural

La aparición de Faro no puede entenderse de forma aislada.

El edificio se encuentra frente al Centro Botín, y en el mismo entorno está previsto el futuro centro asociado del Museo Reina Sofía, vinculado al Archivo Lafuente, cuya entrada en funcionamiento está prevista para 2027.

Lo que está ocurriendo en el Paseo de Pereda tiene, por tanto, una dimensión urbana que trasciende a Faro Santander.

Santander está construyendo un nuevo eje cultural.

Y eso puede modificar profundamente la posición de la ciudad dentro del mapa artístico español.

Durante años, cuando hablábamos de grandes polos culturales, el imaginario se concentraba inevitablemente en Madrid, Barcelona, Bilbao o Málaga. Santander, pese a su enorme tradición cultural y su privilegiada relación con el mar, ocupaba un espacio diferente.

La situación puede estar cambiando.

La combinación entre Centro Botín, Faro Santander y el futuro proyecto vinculado al Reina Sofía puede generar una concentración cultural extraordinariamente interesante. No necesariamente por competir con otras ciudades, sino por crear una identidad propia.

La arquitectura como declaración de intenciones

Hay otro aspecto que merece atención: el propio edificio.

En tiempos en los que muchos museos parecen competir por convertirse en iconos arquitectónicos, Faro Santander plantea una estrategia diferente. No parte de cero. No se construye un objeto completamente nuevo para convertirlo en símbolo.

Se transforma una arquitectura existente.

Y eso tiene un enorme valor contemporáneo.

La arquitectura cultural del siglo XXI está aprendiendo que intervenir sobre la memoria puede ser más complejo —y quizá más interesante— que construir desde la nada.

La intervención de Chipperfield intenta conservar la identidad histórica del edificio al mismo tiempo que introduce nuevas circulaciones, nuevos espacios y nuevas relaciones con el exterior. El resultado pretende que el visitante no tenga la sensación de entrar simplemente en un museo, sino en un edificio que ha sido capaz de cambiar sin dejar de ser reconocible.

Es, en cierto modo, una arquitectura de transición.

Entre banco y museo.

Entre patrimonio corporativo y patrimonio cultural.

Entre pasado y futuro.

La inevitable pregunta

Pero todo gran proyecto cultural merece también una mirada crítica.

Faro Santander nace impulsado por una gran institución financiera y alrededor de una colección corporativa. Eso plantea una cuestión que el propio centro tendrá que responder con el tiempo: ¿puede una institución nacida de una gran corporación convertirse en un verdadero espacio público de pensamiento crítico?

La respuesta no la dará la arquitectura.

Tampoco la dará la espectacularidad de las exposiciones inaugurales.

La dará la programación futura.

La capacidad para incorporar artistas contemporáneos, discursos diferentes, voces locales, investigación, debate y pensamiento. La capacidad para no limitarse a mostrar grandes nombres, sino para producir cultura.

Y también su relación real con los artistas y con la sociedad de Santander.

Porque un museo puede ser extraordinario y, sin embargo, sentirse distante.

Faro tendrá que demostrar que quiere ser algo más que una nueva atracción cultural.

Tendrá que convertirse en un lugar al que se vuelve.

Un faro, precisamente

El nombre resulta casi demasiado perfecto.

Un faro no existe para sí mismo. Su función es orientar.

Y quizá esa sea la verdadera ambición de Faro Santander: convertirse en un punto de referencia capaz de proyectar luz sobre distintas épocas del arte, pero también sobre nuevas formas de creación.

Su apertura llega además en un momento especialmente significativo para la ciudad. Del 8 al 17 de septiembre el acceso será gratuito, acompañado de una programación inaugural con música, talleres, encuentros y actividades para distintos públicos. El 12 de septiembre se celebrará una gran jornada exterior con actuaciones, espectáculo de luces y actividades en los Jardines de Pereda.

La fiesta será efímera.

El desafío, permanente.

Porque la inauguración de un museo siempre es relativamente sencilla. Lo verdaderamente difícil comienza al día siguiente.

Cuando desaparecen las autoridades, las cámaras y los discursos inaugurales.

Cuando el visitante entra solo, sin ceremonias.

Cuando un artista contemporáneo presenta una obra que incomoda.

Cuando un adolescente descubre por primera vez a Frida Kahlo.

Cuando un vecino de Santander decide entrar simplemente porque pasaba por allí.

Cuando alguien contempla un cuadro de Goya y, quizá por primera vez, siente que aquella obra de siglos atrás todavía tiene algo que decirle.

Ahí empezará realmente Faro Santander.

No cuando se enciendan las luces de la inauguración, sino cuando el edificio consiga formar parte de la vida cotidiana de la ciudad.

Y entonces sabremos si estamos ante otro gran edificio cultural o ante algo más importante: un verdadero lugar de encuentro entre arte, arquitectura, memoria y ciudadanía.

De momento, la señal está encendida.

Y Santander acaba de estrenar su nuevo faro.

 

Una invitación a coleccionar el presente

Desde AMBLART queremos felicitar a Santander por esta apuesta y, sobre todo, celebrar una idea que Faro vuelve a poner sobre la mesa: el arte contemporáneo también necesita instituciones y empresas que crean en él.

Coleccionar arte no debería entenderse únicamente como una inversión económica, sino como una forma de cuidar la cultura, apoyar a los artistas y construir la memoria de nuestro tiempo. Por eso, sería deseable que otras empresas, fundaciones e instituciones siguieran este camino: comprar arte contemporáneo, incorporarlo a sus espacios, conservarlo, investigarlo y darle visibilidad.

Porque los artistas de hoy están creando el patrimonio cultural de mañana. Y si queremos que ese futuro exista, alguien tiene que apostar por él en el presente.

Faro Santander ilumina una colección y abre un nuevo espacio para el arte. Ojalá su luz sirva también para que muchas otras instituciones se animen a coleccionar, proteger y hacer crecer el arte contemporáneo.

Por A.P.G.


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