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Diseño y arte: la delgada línea entre lo útil y lo esencial

Diseño y arte: la delgada línea entre lo útil y lo esencialHay una pregunta que acompaña a muchos artistas a lo largo de su trayectoria: ¿dónde termina el diseño y dónde comienza el arte? La cuestión no es nueva, pero en un mundo donde la imagen lo invade todo y la creatividad se ha convertido en un valor de mercado, la frontera entre ambas disciplinas parece más difusa que nunca.

Para algunos, la diferencia es irrelevante. Para otros, como quien suscribe, la distinción es fundamental. No se trata de establecer jerarquías, sino de comprender que diseño y arte responden a lógicas diferentes, a veces opuestas, y que confundirlas puede llevar a malentendidos que empobrecen ambas prácticas.

El diseño como función

El diseño tiene un objetivo claro: resolver un problema. Un diseñador recibe un encargo, identifica una necesidad y propone una solución. Esa solución debe ser funcional, comprensible y, en muchos casos, atractiva. El diseño de una silla debe permitir sentarse; el de una página web, facilitar la navegación; el de un logotipo, identificar una marca. El diseñador trabaja para un cliente, y su éxito se mide en términos de eficacia y satisfacción del usuario.

El filósofo alemán Immanuel Kant, en su Crítica del Juicio, distinguía entre lo bello y lo agradable, entre el arte y el mero adorno. Para Kant, el arte verdadero es autotélico, es decir, tiene su fin en sí mismo. El diseño, por el contrario, es heterotélico: su fin está fuera de él, en la utilidad que proporciona. Esta distinción, aunque formulada hace más de dos siglos, sigue siendo útil para entender la diferencia esencial entre ambas actividades.

El arte como lenguaje interior

El arte, al menos el que entiendo como tal, no responde a un encargo ni busca resolver un problema externo. El artista no tiene un cliente al que satisfacer, ni un público objetivo al que dirigirse. Su obra nace de una necesidad interna, de una pregunta que le persigue, de una emoción que no encuentra otra forma de expresarse. El arte es, en este sentido, íntimo y personal, aunque luego sea compartido.

El artista plástico británico Francis Bacon decía que la pintura es "una manera de atrapar la emoción y la sensación". No hablaba de comunicar un mensaje ni de seducir a un mercado. Hablaba de atrapar algo que, de otro modo, se perdería en el olvido. Esta dimensión personal, casi confesional, es lo que distingue al arte del diseño. Mientras el diseñador mira hacia fuera, hacia el cliente y el usuario, el artista mira hacia dentro, hacia su propia experiencia y su propia subjetividad.

La publicidad como espejismo de la creatividad

Uno de los fenómenos más curiosos de las últimas décadas es la apropiación del lenguaje artístico por parte de la publicidad y el marketing. Campañas publicitarias que se presentan como "obras de arte", marcas que se rodean de artistas para dotarse de legitimidad cultural, artistas que diseñan campañas para grandes corporaciones. Esta confusión de roles tiene un efecto perverso: diluye la especificidad del arte y lo convierte en un mero instrumento al servicio del mercado.

El sociólogo francés Jean Baudrillard hablaba del "simulacro", de la pérdida de lo real en favor de la imagen. En un mundo saturado de imágenes publicitarias, el arte corre el riesgo de ser absorbido por esa lógica y de perder su capacidad de interpelar, de incomodar, de ofrecer una mirada diferente sobre el mundo. Cuando el arte se convierte en diseño, en producto, en herramienta de marketing, deja de ser arte para convertirse en algo más útil, pero también más vacío.

La línea que separa y conecta

Sin embargo, no todo es blanco o negro. Existen diseñadores que bordean el arte y artistas que se aproximan al diseño. La línea que los separa es delgada y, a veces, permeable. El diseñador que trasciende lo funcional para crear belleza y significado se acerca al terreno del arte. El artista que reflexiona sobre el mundo exterior y dialoga con su tiempo puede adoptar estrategias propias del diseño. Pero la dirección del impulso sigue siendo diferente.

El diseñador gráfico y tipógrafo alemán Jan Tschichold afirmaba que "el diseño es la organización de los elementos". El arte, por su parte, es algo más que organización. Es desorden, es pregunta, es incertidumbre. Es la voluntad de expresar lo que no tiene nombre, lo que no puede ser reducido a una función.

El arte como resistencia

En un mundo donde todo está diseñado para ser consumido, donde la creatividad se ha convertido en un valor de cambio, el arte puede ser un acto de resistencia. Resistencia a la funcionalidad, a la utilidad, al encargo. Resistencia a la lógica del mercado y la publicidad. El artista que crea desde su intimidad, sin pensar en un cliente ni en un público, está afirmando algo fundamental: que hay espacios que no pueden ser colonizados por la utilidad, que hay preguntas que no necesitan una respuesta práctica, que hay emociones que no requieren un propósito.

John Dewey, en su obra El arte como experiencia, defendía que el arte es una forma de conocimiento, una manera de experimentar el mundo de forma más intensa y completa. Esa experiencia no se puede diseñar, ni encargar, ni medir. Se vive, y en ese vivir encuentra su sentido.

Conclusión: la utilidad de lo inútil

El diseño y el arte son dos formas de mirar, dos maneras de habitar el mundo. El diseño es necesario, útil, funcional. El arte, en cambio, es prescindible, inútil en el sentido más puro de la palabra. Pero esa inutilidad es precisamente lo que lo hace valioso. Porque el arte no sirve para nada, puede servir para todo: para conmovernos, para hacernos pensar, para recordarnos que somos algo más que usuarios y consumidores.

La confusión entre diseño y arte no es peligrosa en sí misma, pero puede llevarnos a olvidar la especificidad de cada uno. Como artista, siempre he sentido que mi trabajo no tiene que cumplir una función, ni resolver un problema, ni satisfacer a un cliente. Mi obra es un diálogo conmigo mismo que, por azar o por gracia, encuentra un eco en quienes la miran. Quizá por eso me preocupa ver a tantos artistas pensar su obra como si fuera un producto, y a tantos diseñadores creer que su trabajo es arte. No es lo mismo. Y es importante no olvidarlo.

Por A.P.G.


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