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Conflictos de Inercia. Miguel Soler. Galería Isabel Ignacio. Sevilla

Sample ImagePor Felipe Ortega Regalado

El ataque y la defensa, ya sea de una idea, de un territorio, de una posesión o del cuerpo mismo, denota la “lucha de los contrarios”, la pura contradicción de un mundo que se renueva y fluye precisamente por contener

 

a lo antagónico: vida y muerte, piedad y crueldad, blanco y negro, ignorancia y conocimiento, placer y displacer... guerra y paz, conceptos absolutos que conviven dentro del tejido real y social al que pertenecemos.

 

Abocados por un movimiento de inercia hacia la pugna por el poder, los humanos, alienados por miles de normas y conductas sociales, vivimos en constante incertidumbre sobre la verdadera esencia de nuestro Ser. Siendo mucho más que mera genética, siendo seres sociales, vulnerables a las creencias culturales, educacionales,  religiosas, económicas o políticas, buscamos la manera de distanciarnos del entorno para llegar a objetivar la realidad, buscando así un escape a tanta incoherencia visiblemente expuesta. Este hecho resulta utópico o cuanto menos, fantasioso, dada la imposibilidad de deshacernos de nuestras experiencias; no obstante, existe el esfuerzo lícito de hallar pureza en los actos y encontrar una filosofía vital que emule condescendencia para con todo esto. Conseguir una rúbrica independiente y personal en donde no sentirnos engañados no es asequible para todos, y sólo son hacedores de tal proeza aquellos que poseen tres ojos.

 

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Miguel Soler debe formar parte de un linaje generacional en donde la hermenéutica o la iluminación aparecen ahora, de forma renovada, en escena. Si antaño en las representaciones descriptivas y narrativas sobre las batallas acontecidas, se pretendía hacer apología sobre el poder y honrar así la memoria, ensalzando y vanagloriándose para la posteridad; ahora las representaciones bélicas de Soler, nos evidencian que la guerra que hay que librar se ubica en nuestro interior. Sus objetos viran hacia un punto de reflexión ambivalente, en donde la imposibilidad de despojarnos del mundo, más que alejarnos de él, nos une haciéndonos partícipes, y creando a la vez realidades paralelas que tienen cabida. Podría decirse que es una advertencia, una denuncia social y política, pero nada más lejos de la realidad. El trato irónico, casi sarcástico de sus piezas, siempre con ese toque aséptico, frío y distante que él borda, nos proponen una nueva fórmula de enfrentarnos a todo eso que denominamos entorno o paradigma. En esta nueva etapa, bien planteada, revestida de lo bélico y lo político, sus creaciones tienen que ver muy mucho con lo cuántico y con el hallazgo del pensamiento capaz de vislumbrar el trampantojo.

 

Desnudando a la realidad y mostrando parte de su engranaje, apreciamos una revolución asocial, íntima e impar, en donde una nueva hipótesis formulada desde la emoción más que desde el intelecto, nos expresa un tipo de conceptualismo minimalista propio del eclecticismo contemporáneo dentro de la multidisciplina soleriana. Tanto individualismo no traerá otra cosa que la capacidad  para transigir y ser más indulgente con aquello, que en su desarrollo precario, se muestra inmaduro y poco acertado.


Para concluir, anunciar que la “estética cuántica”, cada vez más instaurada dentro de la trayectoria de Miguel Soler, nos incita o impulsa a indagar sobre la complejidad humana, utilizando así, su creatividad como un instrumento de conocimiento que vierte posibilidades a favor de la libertad y la identidad personal.

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