¿Magna Domus Omnia?. Antón Lamazares. Galería Kai Hilgemann. Berlín. Alemania
Residente desde hacer tres años en Berlín, la ciudad monumental por antonomasia, Antón Lamazares ha buscado en la capital prusiana el espacio de soledad necesario para pintar. Quizá debería mejor haber dicho para seguir pintando, porque, que yo sepa, no ha dejado de hacerlo desde hace, por lo menos, treinta años, pero el arte es un oficio constantemente recomenzado y que , por tanto, exige desplegar estrategias de distancias o, si se quiere, un distanciamiento, que puede ser físico, aunque, sobre todo, anímico, que es el que aleja a alguien de sí mismo para reencontrarse con mayor profundidad de calado. Esta deambulación psicológica del creador ha tomado forma, no pocas veces, de un cambio de país, pero en el caso de un artista plástico, tiene el provechoso rendimiento de presentarse como el radical desafío de expresarse mediante un lenguaje mudo, que no necesita traducción, lo que obliga a apurar más la situación sin ningún tipo de coartada. Sea como sea, resulta que Lamazares ahora reside en Berlín, la ciudad no sólo más monumental, sino más reconstruida, y de aquí que de esta experiencia nos remite a una exposición temáticamente vertebrada sobre las casas, un asunto de alto voltaje significativo desde cualquier punto de vista que se considere.
El término latino que ha empleado Lamazares para titular esta serie de cuadros ha sido el de Domus Omnia, que, pienso, podría traducirse como “Todo casas”o , como al parecer él lo hace, “Casas para siempre”. En cualquier caso, se interprete como se interprete, los cuadros de Lamazares están recortados en forma de casa o, en efecto, representan además casas. Este caserío pintado no se parece en nada a un paisaje urbano, por mucho que alguien se esfuerce en identificar la silueta espectral de algún edificio. En realidad, se trata de casas como formas que flotan sobre un espacio indeterminado, que es justo lo contrario del realista orden visual de una veduta o, en general, de cualquier panorama urbano pintado. No es una pintura sobre casas, ni sobre la ciudad, ni tan siquiera, en el fondo, si se me apura, casas pintadas, sino pintura en las que eventualmente se puede reconocer la sumaria silueta formal de algunas casas. Es, en definitiva, pintura con casas. Es pintura.
Con casas o sin ellas, la pintura de Antón Lamazares ha manifestado siempre una querencia brutalista por la materia y el gesto, voy a decirlo así, “inocentes”, que no es exactamente lo mismo que “espontáneos”. Lamazares es, no hay que olvidarlo, un artista mental y técnicamente muy complejo. Puede, por ejemplo usar como soporte un vulgar cartón, pero, en sus manos, bien prensado y barnizado, cobra el lustre de una madera enlucida. Sus “garabatos”, que mimetizan el desaliño infantil o el rudimentario esquematismo de los de los artistas autodidactas, están impregnados, sea cual sea el motivo figurativo, de sutiles refinamientos.
Sus punzamientos y maculaciones de la superficie nunca derivan en melodramáticos agresiones descargadas a lo Pollock o lo Fontana, sino que revelan delicadeza. Su brillante veta sarcástica no deja de traslucir, en definitiva, una identificación compasiva con los seres y situaciones caricaturizados. Todas estas notas no son sino la manifestación de un ser efectivamente complejo y paradójico, al que no se le etiqueta tan fácilmente. En este sentido, su relación con el llamado Arte Bruto es y, sobre todo, ha devenido cada vez más relativa. Es cierto que posee un talante y compone una figura de provocadores trazos gruesos, pero, quien lo conoce personalmente o se adentra en su obra, no tarda en percatarse de que es la forma de enmascararse de alguien muy sensible, cuya voluntad de pintar sin concesiones puede resultar violenta.
Esta tensión entre fuerzas contrapuestas, que ya se atisbaba en su forma de ser y de hacer casi desde el principio, no ha desaparecido, ni se ha atenuado al cabo de los años, en la pintura de Lamazares, pero, como no podía ser menos, tras todo lo vivido y pintado a lo largo ya de más de tres décadas, se ha decantado de una manera crecientemente sofisticada; esto es: con mayor exigencia, complejidad, riqueza y dominio. Es lo que ahora cabe apreciar en la presente exposición, que reúne un conjunto seriado bajo la advocación de Domus Omnia, en la que las espectrales siluetas recortadas de indeterminados edificios no deja de ser, como antes se advirtió, formas flotantes, cuya alineada presencia no nos distrae de mil detalles pictóricos, que realzan el relieve orográfico de la humilde materia usada, el poético cuidado de las pinceladas dejadas como al desaire, los muy sutiles punteados e incrustaciones, y, sobre todo, las hermosísimas atmósferas cromáticas, como de acuarela, donde el brillo de las transparencias, trabajadas con reiteradas capas de barniz, refulge con una evanescente luminosidad sorda. De esta manera, según nos vamos empapando del sustancioso trasfondo de estos cuadros últimos de Antón Lamazares, nos percatamos, no sin emoción, de que Domus Omnia, finalmente, más allá de lo que cada cual quiera traducir, no significa otra cosa que “Casa de la Pintura”.
Francisco Calvo Serraller
inauguración que se realizará en la Galería Kai Hilgemann el día 2 de Mayo


