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Mª EUGENIA HERAS. Galería Belén. Jerez de la Frontera PDF Imprimir E-Mail

 

La muestra permanecerá abierta desde el 25 de Enero al 22 de Febrero de 2008

Cuando la pintura ofrece su espíritu más puro
 
Es muy difícil a la altura en la que nos encontramos  toparnos con acontecimientos de auténtica novedad en este universo artístico donde todo parece inventado y bien consolidado. Pero, no cabe duda de que los milagros existen y, de vez en cuando, aparecen circunstancias que te vuelven a hacer creer en el arte y, sobre todo, en sus artistas.        

    
Hace unos tres años, Enrique Víctor de Mora, amigo entrañable, me puso en la pista de una joven pintora que, según sus palabras, “hacía cosas increíbles”. Cuando vi los tres primeros cuadros, en aquel momento su único bagaje, dudé muchos que aquello que se me presentaba fuera lo primero que la pintora hubiese realizado. En sus obras se mostraba una claridad de ideas fuera de lo normal, un dominio del dibujo apabullante, un desarrollo de la estructura compositiva acertado y, sobre todo, una posición ante el elemento representado que correspondía a un artista  curtido en mil batallas y no a una joven recién llegada. No obstante asumí lo que allí se me dijo y, como no podía ser menos y teniendo en cuenta lo que había visto, me hice creer que estaba ante una aparición y que, aquella nueva pintora era alguien que tenía ante sí un claro porvenir. Después, ella, gentilmente, me ha seguido enseñando lo mucho bueno que iba realizando. Hoy se presenta su primera exposición individual y aparece en público la extraordinaria realidad artística  de una autora que, el tiempo y lo que he sabido de ella, me ha definido como una apasionada de la pintura, a la que ha convertido en una de sus primeras necesidades.    


María Eugenia Heras asume este reto con una obra que, poco a poco ha ido despojándose – sólo en apariencia – de las imperiosas concreciones de lo exacto para someter a la realidad a un proceso de transformación visual que genera un apasionante ideario estético.


Si, en un principio, la autora sólo dejaba constancia de los elementos físicos conformantes, así como de aquellas situaciones referidas a un entorno que se nos antojaba demasiado perfecto, sobre todo en lo que suponía la simple disposición de la realidad, ahora sigue manteniendo inmediatos los asuntos cotidianos, los paisajes cercanos pero, a fuerza de realismo, los mismo han tergiversado sus líneas argumentales y se han decantado por una realismo sutilmente transformado en elementos de supuesta filiciación plástica. La maraña compositiva en la que se desenvuelve esa realidad plasmada, distorsiona los encuadres visuales, pero somete a los elementos a un proceso analítico donde todo queda al servicio de un desenlace plástico que genera nuevas posiciones y abre imprevisibles perspectivas.


La pintura de María Eugenia Heras diluye los contornos compositivos y, además, suspende la ancestral controversia entre figuración y abstracción. En sus obras no hay lugar para las arbitrarias y epidérmicas posiciones de virtuosismo aplastante. Tampoco para la simple asunción de lo esencial. La joven artista se decanta por un juego de complicidades donde la realidad deja a un lado su visión simplista para afrontar un nuevo desarrollo; un laberinto de emociones que plantea las coordenadas de una situación novedosa en el plano físico y que abre las compuertas de la mayor de las emociones para que la inquietud aflore sin cortapisas y anuncie su más preclaro argumento de espiritualidad.


María Eugenia Heras consigue que, de nuevo, volvamos a creer en el arte y sus artistas. Ella llega con un espíritu totalmente libre. Hacemos votos porque este sea su eterno credo. Mientras tanto sepamos asumir tan bello contenido como el que nos ofrece y disfrutemos de una pintura en la más absoluta de su pureza.
 
Bernardo Palomo

 


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