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51ª Exposición Internacional de Arte. Venecia, Italia
Por Pau Waelder
51ª Exposición Internacional de Arte
Venecia, Italia
Hasta el 6 de noviembre de 2005
URL: http://www.labiennale.org/it/arti-visive/
Entre el 9 y el 12 de junio tuve ocasión de asistir a la inauguración de la 51ª Bienal de Venecia, tras lo cual me comprometí a escribir un artículo acerca de mis impresiones en aquellos breves cuatro días, en los que el clima agradable y la limitada afluencia de público (restringida a prensa y profesionales del mundo del arte) hicieron de la visita un auténtico placer. Un mes más tarde, me doy cuenta de que si no había escrito ni una línea es porque la enorme cantidad de cosas que podría o debería comentar me ha producido una terrible y paralizante pereza. Así que ofrezco este artículo a sus posibles lectores con la esperanza de que les parezca demasiado digresivo, impreciso, carente de rigor y con omisiones tan imperdonables que decidan que lo mejor es desplazarse hasta Venecia y ver la Bienal por sí mismos.
Llegamos a Venecia por el aeropuerto de Marco Polo (Mestre), el más cercano a la ciudad, a unos 20 minutos en autobús o barco. En la terminal del aeropuerto compramos un bono para tres días que permite realizar ilimitados viajes en los transportes públicos, incluyendo el autobús que lleva del aeropuerto a la ciudad. En la estación de autobuses de Piazzale Roma uno se despide del humo de los tubos de escape y el incesante rumor del tráfico. A partir de aquí la ciudad se mueve a ritmo de vaporetto, y resulta un placer (cuando el clima y la afluencia de turistas lo permiten) recorrer a pie sus laberínticas calles y acogedoras plazas. Escogimos un hotel en la zona del Campo de Sta. Margherita, convenientemente alejado de la plaza San Marcos, donde hay menos turistas y la vida nocturna es animada gracias a que allí se alojan la mayoría de los estudiantes universitarios. En pocos minutos se llega a las estaciones de Santo Tomà o Accademia, sobre el Gran Canal, en las que se puede coger el vaporetto que lleva al Arsenal y los Giardini.
Los Giardini (jardines públicos) de Castello acogieron ya la primera edición de esta Exposición Internacional de Arte en 1895. Hoy, 110 años después y conocidos ya como “Giardini della Biennale”, alojan algunas de las propuestas de esta 51 edición con su vetusta disposición de pabellones nacionales, un concepto que a mi parecer va perdiendo sentido en nuestro mundo globalizado. La presente edición registra el mayor número de países participantes de su historia, 70, de manera que a las 30 exposiciones de este histórico emplazamiento se suman las 40 que se han repartido por toda la ciudad. Esta “invasión” de los pabellones nacionales la han asumido los venecianos con sentido del humor: algunos llamaban al bar donde toman cervezas el “Pabellón de Manchester”. A los pabellones hay que sumar unos 31 eventos paralelos, entre exposiciones, performances y conferencias. Las exposiciones ocupan lugares a veces recónditos de los diferentes barrios de la ciudad o bien en islas de la laguna accesibles únicamente en barco a determinadas horas. La cantidad y diversidad de propuestas es tal, que verlo todo es prácticamente imposible. Asumiendo que la visita sería incompleta, decidí centrarme en las dos exposiciones principales, la de María de Corral en el Pabellón de Italia, y la de Rosa Martínez en los espacios del Arsenal.
El Pabellón de Italia, con sus 34 salas, es evidentemente el mayor de los pabellones nacionales de los Giardini. En la presente edición acoge la colectiva L'esperienza dell'Arte, comisariada por María de Corral, que reúne las obras de 42 artistas internacionales, una selección en la que se combinan nombres consagrados (y tal vez demasiado vistos) como son Francis Bacon y Antoni Tàpies con valores emergentes como Zwelethu Mthethwa o Matthias Weischer. El paseo arbolado que lleva al pabellón se encuentra flanqueado por la serie de esculturas Thirteen Laughing at Each Other, de Juan Muñoz, cuyo emplazamiento se me hizo extraño, dado que estoy acostumbrado a ver su obra en el silencio de la sala blanca y a mi parecer esta disposición de escultura de parque público la convierte en meramente decorativa. La fachada del pabellón se convierte en el monumental soporte de la intervención de la veterana Barbara Kruger (premiada este año con el León de Oro por toda su carrera), ciertamente llamativa pero algo dócil, falta de esa fuerza que transmite en otras obras. En el interior, la laberíntica disposición de las salas hace difícil un recorrido coherente, y aquí cabe destacar la habilidad de la comisaria para articular los espacios y las obras. En general, cabría decir que la exposición incita al espectador a una actitud de paciente contemplación. Predominan las proyecciones, que lógicamente imponen un tiempo de visionado, pero también en las pinturas, esculturas e instalaciones encontramos obras que requieren una observación detenida, en ocasiones una mirada que sepa ir más allá de lo evidente. De las obras que más me llamaron la atención, destacaría las Blind Images de João Louro, una sencilla pero efectiva crítica a nuestra avidez de imágenes, la coherente pintura de Matthias Weischer, el genial Shit in Your Hat de Bruce Nauman, o el muy comentado Trailer for a Remake of Gore Vidal's Caligula, de Francesco Vezzoli, en el que asistimos (con butacas de cine y todo) a una cuando menos entretenida parodia de la industria cinematográfica estadounidense, con un nutrido elenco de expulsados del star system.
Los pabellones nacionales de los Giardini contienen asímismo numerosas propuestas interesantes. Entre ellas recuerdo especialmente la del Pabellón de Alemania, un severo edificio de corte hitleriano que acoge la obra de Thomas Scheibitz, unas construcciones entre la escultura y la pintura que dominan el solemne espacio interior. Tanta seriedad se ve truncada cuando, al entrar, un joven con aspecto de vigilante de sala se pone a cantar en tono burlón: “Oooh, esto es tan contemporáneo, contemporáneo, contemporáneo...” La canción es pegadiza e inmediatamente barre con cualquier perspectiva de tomarse en serio lo que allí se expone. Esta intervención es la obra del artista Tino Sehgal, quien con tan sencilla performance se impone al trabajo de su compatriota.
Los 9.000 metros cuadrados de los espacios de la Corderie y la Artiglierie en el Arsenale acogen la otra exposición principal de esta edición, Sempre un pó piu lontano. Con un aire aventurero inspirado en el Corto Maltese del veneciano Hugo Pratt, la comisaria Rosa Martínez reúne artistas de todas partes del planeta para componer una muestra ciertamente impresionante, en la que domina el concepto del viaje. Martínez se sitúa en el centro de su propia muestra al afirmar que “comisariar una exposición es experimentar la ilusión romántica de crear un mundo temporal, implica ejercer el poder de dar un nombre y un lugar a las tendencias artísticas y también representa un intento de crear sentido, al reordenar críticamente el caos infinito de los mensajes.” De esta manera, la propia exposición se impone a las obras individuales, y esto es cierto en algunas de ellas, en las que lo aparatoso del montaje y la forma en que el espectador se ve inmerso en los espacios que crean suponen una experiencia comparable a la de los fuegos artificiales: un bello espectáculo del que al final no queda más que humo. No obstante, y si bien no comparto esta visión del papel protagonista del comisario por encima de los propios artistas, es preciso reconocer a Rosa Martínez la capacidad de articular tan variadas propuestas y la inclusión de interesantes valores, tales como la artista Regina José Galindo, ganadora este año del León de Oro a la artista joven. La escultura + and-, de Mona Hatoum, la serie A Needle Woman, de Kimsooja y el espectacular Wave UFO de Mariko Mori (que seguramente causará las colas más largas de la Bienal) son algunas de las propuestas que destacaría.
Mi breve estancia sólo me permite esbozar unas rápidas impresiones de lo que está siendo Venecia estos meses. No quiero cerrar este deshilachado artículo sin mencionar, aunque sea de paso, algunas de las propuestas que se encuentran diseminadas por las calles de la ciudad, tales como la excelente exposición Homespun Tales, de Kiki Smith. En ella nos vemos obligados a recorrer un piso de la Fondazione Querini Stampalia en el que se conserva el mobiliario original del antiguo palacio, para a continuación encontrar en el piso superior la reflexión personal que ha hecho la artista sobre el espacio de la vivienda. También cabe destacar la exposición de Lucian Freud en el Museo Correr, y la poco frecuentada muestra de dibujos de Jackson Pollock en la Colección Peggy Guggenheim. Son innumerables las propuestas que no he comentado, así que por último invito al lector a explicarme, a su regreso de Venecia, todas las cosas que me he perdido.


