Bechtold 80- Inicio y obra reciente. Es Baluard Museu d’Art Modern i Contemporani
Por Pau Waelder
Bechtold 80- Inicio y obra reciente
Comisarios: Erwin Bechtold y Marie-Claire Uberquoi
Es Baluard Museu d’Art Modern i Contemporani
Hasta el 8 de enero de 2006
Escribo esta crónica de forma un tanto oportunista. Acompañé a mi socia Pilar Ribal en la entrevista que tuvo con Erwin Bechtold en Es Baluard, y aproveché la oportunidad que se me brindaba de escuchar la conversación entre el artista y la crítico y comisaria para tomar unas notas. Alto y elegante, expresivo y enérgico, Bechtold muestra a sus ochenta años la lucidez y la claridad de ideas que han guiado su obra a lo largo de casi cinco décadas.
La muestra que ahora presenta Es Baluard es un tanto atípica en cuanto se trata de una retrospectiva que abarca no toda su carrera, sino dos etapas concretas, la inicial (1957-1961) y la más reciente (1988-2005). De esta manera, Bechtold contrapone su momento actual con sus primeros pasos, cerrando el círculo que iniciara a finales de los cincuenta en Ibiza. “Pero el círculo no se ha cerrado aún”, me advierte. La exposición ha sido comisariada por el propio artista, junto a la directora del museo, especialmente para este lugar. Las obras proceden de los fondos del artista y de colecciones privadas, y todas ellas tienen, en palabras del artista, “una estrecha relación con las Baleares”.
En el vestíbulo de entrada, frente al cartel que anuncia la exposición, una vitrina aloja diversos libros. El artista nos señala uno de ellos, titulado “Wie war das/Wie ist das Bechtold” (“Cómo era/ Cómo es Bechtold”). Se trata de un original catálogo diseñado por el propio pintor, quien en lugar de hacer el típico libro sobre su obra prefirió elaborar un “diario visual”, compuesto por dibujos que representan momentos de su vida. Junto a este libro hallamos las páginas de otro en el que trabajó con fragmentos de dibujos y frases. En uno de ellos escribió “el Arte es empezar de nuevo”: según nos explica, él ve el fragmento como algo que incorpora a la vez la casualidad y la creación, que parte de un todo pero al quedar aislado se convierte en sí mismo en un todo.
Pasamos a la sala principal, cuya vasta superficie queda interrumpida en el centro por tres paneles de color gris. “La sala es muy grande, y necesitaba un núcleo más íntimo para la primera etapa”, nos confiesa Bechtold. Estas piezas iniciales, de menor formato, aparecen así cobijadas en sus estrechos pasillos, mientras son observadas desde las distantes paredes por las obras de gran formato de los últimos años. El artista señala que es la primera vez que se reúne tanta obra de la primera época, y que esto ha supuesto un auténtico encuentro nostálgico. Ante su primer cuadro, Hohe Mauer (Muro alto, 1957) nos habla de sus comienzos como artista en las Pitiüses: “Ibiza me ha encontrado a mí y yo a ella”, afirma. En aquel momento, la calma de la isla le proporcionó el tiempo que necesitaba para reflexionar, para buscar su camino. Entonces se dejó llevar por el informalismo, pero ya en esta pieza se advierte ese orden, esa estructura geométrica que subyace en toda su obra. La arquitectura ibicenca tuvo mucho que ver en esto: “toda obra refleja el lugar en el que uno trabaja”, indica Bechtold, “a mí me fascinaban las casas de Ibiza, esos cubos blancos que son una geometría perfecta, pero sin ninguna línea recta, ya que están hechas a mano, artesanalmente”. Esa imperfección tan humana es la que luego incorporaría en sus pinturas. El artista afirma de hecho que su obra parte en gran medida de una reflexión en torno al ser humano, a esa contradicción de ser racional pero también instintivo como un animal.
Ibiza le aporta la calma, la inspiración e incluso la materia, ya que es la propia tierra de la isla la que se incorpora en estas piezas de influencia informalista. Esto marca otro aspecto en su obra: el color. Ocres y negros, luego blanco, apenas ocasionalmente irrumpen el rojo o el azul. Bechtold renuncia al color porque le “quita fuerza”, según nos comenta. “Quiero expresarme directamente y con el debido drama. El color tiene una tendencia hacia lo amable, lo superficial. Yo no quiero quedarme en lo superficial, y creo que la ausencia de color obliga al espectador a hacer un esfuerzo. Quien no esté dispuesto a hacer un esfuerzo no me interesa.” En este sentido, el artista expresa su compromiso con un arte que se dedica a lo esencial, superando lo accidental, un arte del intelecto y la meditación. “Como yo vengo de la abstracción”, añade, “creo en el silencio, en lo reducido. No se trata de buscar lo que hay en la calle, lo llamativo, sino lo interior, lo que no se ve a simple vista.”
Erwin Bechtold nos guía hacia el aljibe del museo, en el que se encuentra la instalación que cierra la exposición. En el pasillo, una larga serie de dibujos acompañan al espectador en su camino hacia esta última sala. En esta serie, el artista ha realizado una exploración del tema de la instalación que estamos a punto de ver: el acto de romper el muro, abrir una brecha, y por tanto, enlazando con el inicio de la muestra, extraer un fragmento del todo.
Si antes era el fragmento extraído el protagonista, ahora será el todo al que se le ha arrancado un pedazo el que domina la escena: el aljibe, en penumbra, acoge en uno de sus extremos un gran muro negro, en medio del cual se abre una larga brecha de la que brota una suave luz. La estancia está inundada por la música compuesta por Josep M. Mestres Quadreny y una voz que va pronunciando en una letanía una serie de verbos que denotan procesos de creación y destrucción. La instalación, titulada “Destrucció-construcció”, es de hecho el resultado final de un elaborado performance que el artista llevó a cabo en la inauguración. Ante los asistentes a la exposición, Bechtold dibujó en el muro el perfil del trozo que se iba a arrancar. Posteriormente, un equipo de operarios perforó ladrillo y cemento hasta derribar dicho fragmento. La sala quedó completamente a oscuras y luego, gradualmente, se hizo la luz, revelando la figura que se había creado en un acto de destrucción.
Bechtold cierra así el círculo de su discurso artístico, pero como bien advierte, no del todo, puesto que nunca está del todo satisfecho y siempre dispuesto a empezar de nuevo.


