Amparo Sard. Galería N2. Barcelona
Por Manuel Crespo
Amparo Sard (Mallorca 1973)
Galería N2. Barcelona
La obra de arte debe provocar extrañeza. Ahí radica su esencia. Tiene que desorientar, fundar un camino inédito gracias a una mirada sesgada por parte del artista cuya meta es la enajenación sentida y cuyas ruinas son depositadas en la pieza. En ella latirá siquiera un retazo del enigma que supone la vida. La obra de arte es la asunción del riesgo de saberse desprotegido, yendo hacia un lugar que sólo se origina al ser creado, mediante un método que la sitúa en el equilibrio inestable entre el fracaso y el éxito.
La ejecución podrá ser mejor o peor. Puede que el artista alcance maestría y dominio de los recursos elegidos, como en el caso de Amparo Sard protagonista de estas líneas, o puede que su hacer sea incluso torpe, definitivamente feo, pero siempre habrá una condición ineludible en la obra, y es que ofrecerá al contemplador un aspecto misterioso de lo material. Lo existente ya no será un asidero para la razón, un coto cerrado ni una zona mullida donde reposar, sino una región inexplorada, absolutamente abierta a un acontecimiento conmovedor.
La obra en papel presentada por Amparo Sard en el espacio de la galería N2 tiene un aspecto impoluto, un atractivo fácilmente accesible que tal vez juegue en su contra, pues podría juzgarse con ligereza tras la primera aproximación. Vemos la blanca superficie, bonita y aséptica. En ella destaca, sin estridencia, perforada en el abultado relieve que sale al encuentro llamando la atención, alguna figura familiar aparentemente anodina anclada en un tiempo indeterminado, atrapada en un momento histórico que no es nuestro, pero que sentimos aún propio: un vestido profusamente bordado, bebés acosados por insectos, sillas antiguas, mujeres, bañeras con patas flotando en el limbo... No hay duda de su rigor ni de la profesionalidad de su autora. El aspecto formal atrapa al instante y supone un límite a la contemplación. Una barrera que se debe trasponer.
Si nos demoramos lo suficiente y miramos cada obra otorgándole tiempo, veremos cómo la iconografía empleada alcanza valor simbólico y el espacio blanco, sutilmente ennegrecido con cada mínimo agujero, se vuelve sugerente. Y esa hermosura se vuelve dolorosa. Es un silencio áspero. Un resto de vivencia colectiva, el humus arquetípico jungiano y un abismo. Trae a la memoria el gesto natural durante la niñez de taparse el rostro con la sábana cuando los rincones de la habitación son la puerta de un submundo que súbitamente asoma.
¿Qué significa la aglomeración de insectos que acuden al encuentro? ¿Los obsesivos encajes en vestidos o retales inacabados? ¿A qué mundo son raptadas las piernas desnudas, los cuerpos anónimos e inexpresivos, los niños sin biografía llevados en volandas por las moscas? ¿Cuál es la razón del precario equilibrio de las mujeres antiguas sobre sillas isabelinas? ¿De los fragmentos humanos y las cosas náufragos a la deriva en un mar inmaculado?
Se trata, por lo pronto del acabamiento. Vemos fantasmas, seres perdidos o a punto de la extinción. Se trata de la decadencia, del curo inexorable de las eras. De la constante mezcla de lo puro y lo escabroso. De tal lucha quedarán las moscas, perpetuándose en el desván.
Hay algo en todo ello atroz. Un contraste que sume en la melancolía que escapa al análisis. Lo inexplicable que nos pone frente a la realidad misma que supura por los resquicios de un ámbito cotidiano, modesto y organizado.
Amparo Sard presenta también un vídeo en N2. Un bucle de varios minutos en el que se ve una mujer vestida de blanco sumergida en agua que pierde y recupera el tapón de una bañera. Es un bello trabajo, filmado con elegancia y con un ritmo hipnótico, pero que en este caso no me ha parecido poseedor de la potencia de su obra gráfica, aunque este juicio bien pudiera ser una limitación de este escritor.


