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Douglas Gordon. Fundació Joan Miró. Barcelona

Por Manuel Crespo

Fundació Joan Miró. Barcelona

24 de marzo – 4 de junio de 2006

 

Las obras de Douglas Gordon son sobrias. El artista trata de que la ejecución no destaque y utiliza materiales sencillos, que están al alcance de muchas personas, como espejos, bombillas, textos pintados en la pared, secuencias o largometrajes fácilmente reconocibles o vídeos filmados por él mismo y escasamente elaborados.

Nada de ello es espectacular, y por ser tan cotidiano suele pasar desapercibido. Y, sin embargo, Gordon sabe manipular ese material destinado al consumo o al olvido y extraer poesía de él e incitar al contemplador a sentir.

La muestra antológica presentada por la Fundació Miró consta de diecisiete piezas que se pueden reunir en dos apartados.

De un lado, Las instalaciones que no requieren tecnología. Son arriesgadas por su parquedad, y en esa característica reside su belleza. Me refiero, por ejemplo a From God to Nothing, que consiste en un texto blanco que recorre las paredes azul marino de una sala iluminada por tres bombillas comunes. La inscripción comienza por el “miedo a dios” y acaba por el “miedo a nada” . En medio Gordon escribe 142 miedos de todo tipo. Y también destacar la instalación 30 seconds text,  que usa elementos muy parecidos. De nuevo la habitación oscura. Esta vez una bombilla pende del techo. Se enciende cada 30 segundos. Este es el tiempo que se tarda en leer un texto escrito es una de las paredes. El párrafo es una cita extraída de los Archivos de Antropología Criminal franceses y narra la experiencia del doctor Baurieux, quien en 1905 quiso estudiar la persistencia de los reflejos de un condenado a guillotina tras la ejecución.

El otro de los lenguajes destacables es la videoinstalación. Es el caso de Preety much every film and video work from about 1992 until now. To be seen on monitors, some with headphones, others run silently, and all simultaneously, que representa a escala reducida una retrospectiva de la producción videográfica de Gordon desde 1992 hasta hoy mostrada simultáneamente en unos monitores amontonados en una sala; o de 24 hour PSYCHO, que consiste en la proyección, fotograma a fotograma y sin banda sonora del film de Hitchcock en una pantalla ubicada en una sala oscura, y cuyo interés está en la detención del tiempo, casi en su inversión, al dotar a cada fragmento de espacio que lo convierte en crucial, destacándolo más allá de la función que tuviera en el guión y el montaje del film.

Dos de estas instalaciones tienen un hilo común, y es la reflexión acerca del Doble.  Between Darkness and Light (After William Blake) es la proyección en bucle de las películas “El exorcista” y “La canción de Bernadette”, cada una en una cara de la pantalla suspendida en mitad de la sala inquietantemente oscura. Las dos películas se mezclan, y como su duración es distinta, la relación que entre ellas se establece es siempre inédita. La interacción entre ambos títulos de tan elocuente tema obliga a percibir la ósmosis entre la luz y la oscuridad y la necesidad de que el bien remita siempre al mal y viceversa.   La otra videoinstalación de tema semejante es trough a loocking glass, pieza que contiene la secuencia de “Taxi driver” en la que el perturbado taxista Travis Bickle, interpretado por Robert de Niro, discute con su imagen reflejada en el espejo. Aquí Gordon coloca al visitante en medio de la habitación negra. A ambos lados se emite la escena, pero invertida, como la imagen devuelta por un espejo. Paulatinamente ambas secuencias dejan de estar sincronizadas y Bickle acaba disputando con su alter ego.

A lo largo de la historia el ser humano ha percibido la existencia como un juego entre contrarios, y ha sentido ante esa lucha la nostalgia de una unidad armónica y perfecta de la que por alguna maldición se habría escindido. Este relato mítico está presente en las cosmogonías y las religiones mundiales. El hombre percibe en la realidad visible y en su seno íntimo esa lid poética y grave. La maldición es el pensamiento dialéctico, pues es en la racionalidad donde se origina una dualidad fatal que establece una separación falsa entre el objeto y el sujeto que pretende conocerlo y agotarlo sin lograrlo jamás. Por ello, coincidiendo con Baudrillard, cuyas opiniones remiten a su vez a la filosofía oriental, deberíamos retornar a un “pensamiento-mundo... una especie de pensamiento-acontecimiento que consiga convertir la incertidumbre en principio y el intercambio imposible en regla de juego”. Aceptar lo oscuro e inexplicable no como algo a desentrañar sino como la esencia de nuestras propias contradicciones, como riqueza.

Esto existe en la obra de Douglas Gordon, una lucha contra la homogeneización de la existencia que pretende reducirlo todo a una sola explicación. Gordon demuestra que esa dualidad es la fuente de la vida. No una otredad controlada y simple, sino de las sombras irreconciliables con las luces.