Elogio de la Carne. Natasha Lébedeva. Addaya Centre d'Art Contemporani. Alaró. Mallorca
Por Txema González Bravo
Elogio de la Carne. Natasha Lébedeva
Inauguración: viernes 20 de octubre a las 20h.
Exposición hasta el 2 de diciembre.
Addaya Centre d'Art Contemporani. Alaró. Mallorca
Hay quien afirma que la violencia es el signo cultural de nuestro tiempo. El arte -cierto arte- ha
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hecho carne viva de esa condición de época y en la postmodernidad, el cuerpo es el campo de batalla por excelencia. Los surrealistas buscaron en los sueños, en la memoria, en las sombras de la mente (véase el ojo cortado por una navaja de afeitar) y en el Autorretrato blando con bacon frito, Dalí ofrecía su cuerpo como alimento para servir de manutención a “nuestra época de forma suculenta”. Quería que el mundo interpretara su obra en el sentido orgánico (alimenticio) que predicaba y reivindicaba la fisicidad de la obra de arte como un trozo del propio autor, un pedazo de su carne. Esta afirmación contiene su obsesión con lo material, con lo físico, con lo corporal. Muchos de sus cuadros tienen un brillo que roza el empalague, “exceso de barniz”, que decía Bretón. Estas obsesiones surrealistas (tan bíblicas: el mundo, el demonio, la carne) nutrieron a la vanguardia neoyorquina de los ochenta y sus ecos aún resuenan con vigor en tantos artistas nuevos.
Pero para hablar de elogios y obsesiones por la carne también podríamos remontarnos hasta Georges Bataille y Antonin Artaud, por quedarnos sólo en la prolífica periferia del surrealismo, en cuyos escritos se produjeron (después de Sade) los experimentos viscerales de mayor calado del siglo XX. O sumergirnos a fondo en las novelas víricas de William Burroughs, especialmente en el ciclo Ciudades de la noche roja (1981-1987), su portentosa trilogía terminal aplicada a expandir hacia horizontes realmente insólitos y alucinantes un universo narrativo ya de por sí insólito y rizomático: un pluriverso, más bien, en el que lo real y lo soñado, la historia y la fantasía, la tecnología y la magia, la ciencia y la ficción, el pasado y el futuro, la vida y la muerte, lo mental y lo físico, lo orgánico y lo inorgánico, lo humano y lo animal se funden y confunden hasta grados alucinógenos.
Sea como fuere, lo cierto es que muchos artistas han ido elaborando un manual imprescindible, una guía apocalíptica para entender de una vez por todas lo que está pasando a nuestros cuerpos mientras lo estamos viendo al mismo tiempo reproducido en la pantalla totalitaria del espectáculo. La belleza monstruosa y excesiva de la "nueva carne", refutación categórica del cuerpo apolíneo de la publicidad, surgiría así del encuentro accidental del cuerpo en toda su palpitante carnalidad y la maquinaria más sofisticada y hostil sobre una hospitalaria mesa de quirófano. Nos guste o no, esta intersección de la carne y la tecnología constituye nuestro destino manifiesto. La postmodernidad está servida.
Espléndido discurso
Bajo el preciso título “Elogio de la carne”, Natasha Lébedeva nos presenta una colección de siluetas (donde gravitan miembros) tan sobrias como cargadas de tensión, belleza e intensidad. Una muestra cuanto menos inquietante, de una factura exquisita, que esconde a una auténtica maestra en las distintas técnicas de grabado y estampación y a una artista que sabe articular un discurso espléndido.
Hace unos días, escuchando una tertulia radiofónica, un consagrado publicista confirmaba la existencia de lo que puede considerarse nuevo soporte para todo tipo de anuncios: el cuerpo humano. Sostenía que la carne no sólo será soporte de tatuajes y objetos metálicos –piercings-, si no que muy pronto la alternativa será imprimir sobre el cuerpo directamente anuncios. Naturalmente, esto puede suponer la creación de una nueva categoría laboral que supera en mucho cualquier tratado sobre la estupidez. Más que publicidad, se diría que nos acercaríamos claramente a un hecho obsceno y discutir la naturaleza y el significado de la obscenidad es casi tan difícil como hablar con Dios. En los países anglosajones, que siempre han tenido la obsesiva preocupación de fijar estatutos para lo obsceno, se da frecuentemente el caso de que tales estatutos prohíban la obscenidad pero no la definan.
Viene esto a cuento de que nadie caiga en tentaciones de calificar superficialmente la obra que aquí se representa. Evitemos las tentaciones. “Elogio de la carne” profundiza en el sentido iconográfico del cuerpo para someterlo a un juego que puede convertirse en pesadilla al constatar que esta representación responde a que: a) El cuerpo ya no es observado como el espacio, el refugio, que asegura la idea del yo, sino, por el contrario, el dominio donde el yo es contestado e, incluso, perdido; b) El control sobre el propio cuerpo es una ilusión, el hombre basa su existencia en una falta de estabilidad que le es desconocida; c) Se cuestiona la identidad y los valores que se consideraban conformadores del hombre, el cuerpo es reconstruido y sus fronteras traspasadas y/o superadas.
El cuerpo –en la obra de Natasha– se hace carne, se desacraliza, se presenta como espasmo, rompe con la armonía de la superficie y de la forma en un ser amenazado por su propia indefinición, esto es, por la dispersión de su identidad. Un cuerpo que se descompone, que escapa por una boca que grita, que se vacía, se prolonga en otros miembros, se dilata, se mezcla con otros cuerpos, se metamorfosea en su reflejo.
Lébedeva representa icónicamente el cuerpo como un objeto que regresa a la crisis identitaria, que se encierra y enfrenta a sí misma deconstruyendo las convenciones de género y desafiando no sólo la gramática de los sexos –en particular los estereotipos de la feminidad– sino la anatomía de nuestra precaria carne, de nuestra fragilidad constitutiva. ¿Quiénes somos? ¿Cuántos somos en un solo cuerpo? Lo que Natasha intenta capturar es la psique del sujeto, sus denodados esfuerzos por conocerse y llegar a definirse en una imagen que se disemina y dispersa como una superficie de reflexión donde se inscribe el doble, el Otro. Sin embargo, todas esas formas presentes en sus obras, esas 'figuras', a pesar de estar tan próximas, parecen estar completamente solas, separadas por abismos de incomunicación.
Frente a la concepción de un cuerpo o una piel idealizada, Natasha Lébedeva configura –o desfigura– la materialidad de la carne, disecciona el cuerpo como un cirujano, para enfrentarnos a la vulnerabilidad de la condición humana… deshace el rostro, hace que surja otra cabeza bajo el mismo, ensaya atrapar la intensidad de la experiencia corporal en los momentos de dolor y éxtasis.





