Nit Niu. Cala Sant Vicenç. Mallorca
Por Pau Waelder
Nit Niu. Cala Sant Vicenç. Mallorca
12 de agosto de 2006
Estratégicamente emplazada en pleno mes de agosto, la Nit Niu se ha convertido tras siete ediciones en uno de los eventos culturales más populares del verano, propuesta siempre interesante y punto de encuentro de los profesionales de la escena artística mallorquina en el ambiente informal de la cala Sant Vicenç. La edición de este año ha venido firmada de nuevo por el comisario Juan Antonio Álvarez Reyes, quien ha traído a la isla las acciones y videos de seis artistas del panorama internacional. Bajo el título colectivo “En un món màgic”, las performances y proyecciones giraban en torno a la búsqueda de un mundo diferente, mágico y utópico, dibujando en definitiva el perfil de la sociedad distópica en la que vivimos.
La propia cala demostró no ser esta vez el entorno tranquilo y paradisíaco que cabría esperar: a última hora de la tarde, el mar se agitaba violentamente y engullía parte de la playa, mientras sobre una roca ondeaba una bandera roja, señal de lo peligrosas que eran las aguas. El mar se encargó así de transformar la performance de William Hunt (Gran Bretaña, 1977), quien había de tocar su guitarra y cantar subido en una barca, dejándose llevar plácidamente a la deriva, y tuvo que llevar a cabo su acción subido a la roca en la que se erguía la bandera roja, encendiendo bengalas entre canción y canción. Al interpretar su música en situaciones extrañas (colgado boca abajo, por ejemplo), Hunt nos presenta con ironía el absurdo de la utopía personal del creador en la figura de un obcecado cantautor, que en esta ocasión se convirtió prácticamente en un superviviente, aferrado a una roca, salpicado por las olas, iluminado por una luz que recordaba más bien a una llamada de auxilio.
En la playa se habían instalado dos pantallas, recordando si se quiere el tradicional “cine de verano”, en las que se presentaron sendas proyecciones, ambas con un marcado acento documental. La primera, que daba título al evento en su conjunto, fue “Magical World”, de Johanna Billing (Suecia, 1973). La artista grabó a un grupo de niños de una escuela croata mientras cantaban en una clase de música una empalagosa canción cuyo pegadizo estribillo era “I live in a magical world, in a magical world...”. La cándida afirmación implícita en esta frase tomaba tintes trágicos en la delicada voz del niño que la interpretaba, contrapuesta a las imágenes de una ciudad desgastada y ruinosa, de un país que aspira a transformarse y acceder a la sociedad del bienestar. El hecho de que los niños cantasen una canción en inglés, un idioma que les es ajeno y con la inocencia que les es propia, ilustra la situación de un pueblo que tiene que adoptar un modelo de sociedad que no conocen realmente pero que se les presenta como una utopía. La otra cara de la moneda la ilustraba elocuentemente el video de Sebastián Díaz Morales (Argentina, 1975), “Lucharemos hasta anular la ley”, en el que recogía algunos instantes de los disturbios callejeros que siguieron al colapso económico en Argentina en 2001. Díaz Morales dio a las imágenes un tratamiento pictórico, al aplicar un filtro que les confiere la textura de un dibujo en una pizarra, acentuando a la vez la rudeza de los rasgos de las personas y destacando los rótulos y las pintadas de las paredes. Las secuencias adquieren así el aspecto de un dibujo al natural, un apunte de una realidad tan cotidiana ya que requiere este tratamiento gráfico para atraer la mirada del espectador hacia su sentido último. Nuevamente se nos mostraba la distopia, a través de un medio, la imagen en movimiento, que no deja de ser un tanto misterioso y mágico.
Subiendo desde la cala por una amplia rampa, el público quedó retenido a medio camino por los ayudantes de Joan Morey (Palma, 1970), un grupo de personajes elegantemente siniestros, con atuendos a medio camino entre la estética militar hitleriana, el punk y el sado-maso, interpretando el papel de guardianes de un imaginario orden dictatorial. Con el objetivo consciente de hacer sentir al público como ganado, el artista dictaminó que la acción debía ser experimentada por grupos de un máximo de 15 personas, lo que llevó a largas esperas y las quejas de algunos de los presentes. La tensión y la expectación que generaba esta situación en los asistentes eran parte integrante de la performance, de manera que en definitiva más que los actores, era el público quien daba forma a la acción. Con todo, cabe decir que éste último era en general demasiado obediente como para adoptar un papel activo, y que en ocasiones los actores eran algo tímidos (no creo que deba estar en el papel de una dominatrix pedir las cosas “por favor”). La acción concluía con la visita a una sala en la que el visitante podía observar a una persona arrodillada, en total sumisión, mientras un bucle de música heavy metal y una serie de luces estroboscópicas contribuían a aturdirle los sentidos. El artista cubría la cabeza del personaje esclavo con una bolsa negra y a continuación echaba al público de la sala. Esta era una versión reducida y simplificada, pero en general igualmente efectiva, de otra acción más ambiciosa que Morey llevó a cabo el año pasado en la Fundació “Sa Nostra” de Palma.
Mientras parte del público esperaba a que se le permitiese acceder a la performance de Morey, en la playa la artista Annika Ström (Suecia, 1974) recreó el típico ambiente de chiringuito en el que interpretó una serie de canciones con un sencillo sintetizador, mezclando el tono melancólico de la música con su voz grave. Por último, estaba la performance de Dora García (Valladolid, 1965). ¿Dónde estaba la acción de Dora García? Entre el público asistente, algunas personas llevaban unos carteles con fotos de otra gente, pero si se les preguntaba decían simplemente que se los habían dado. ¿Eran fotos de personas desaparecidas? ¿Fotos de personas que querían conocer? Nadie lo sabía. Entre el público circulaban rumores, y de tanto en cuanto destacaba la presencia de algunos asistentes “incómodos”, distópicos si se prefiere, que intervenían desde su papel de espectadores, azuzando a la masa aborregada, haciendo críticas, cantando, robando los ansiados canapés o invitando insistentemente a un Jack Daniel’s con Coca Cola. Eran, evidentemente, actores que aportaron de la mano de la artista un toque de desorden y del desconcierto de lo que circula entre rumores.
La noche mágica de la cala Sant Vicenç concluyó de esta forma diluyendo lo artístico con lo social (si alguna vez estuvieron separados realmente). De su efímera existencia tal vez sólo quedarán las pisadas de los cientos de asistentes que recorrieron la playa, en espera de una nueva edición el próximo verano.


