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La quimera berlinesa de Albert Pinya

 
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Albert Pinya reconoce que ha aprendido "a pintar con rabia" y a "ordenar" su hiperactividad.  Foto: Lorenzo
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El 24 de septiembre, el joven artista mallorquín trasladará estudio y universo a la capital germana. Gianluca Ranzi, reconocido marchante y comisario, le abre las puertas de la nómada Galería Mudimadrie

CARLES MULET. PALMA Su declarada sumisión a los impulsos ha condicionado la vida y obra de Albert Pinya; una filosofía innegociable que lleva tatuada en lo más profundo de su alma. Tras un año de creación intensa, a sus 23 recién cumplidos, el emergente artista se confía otra vez al veredicto de las entrañas. Se marcha a Berlín, "sin billete de vuelta". "Obligado" por su voluntad, subyugado por su casi enfermiza dedicación. Y soliviantado por Gianluca Ranzi, reconocido galerista y comisario que ha creído ver en su obra un sugestivo y firme futuro.
El 24 de septiembre Pinya dejará su inspiradora roqueta para reencontrarse con el marchante, al que ya conoce bien. (Y para compartir casa-taller con Natxo Frisuelos, otro joven creador palmesano que desde hace unos meses se inspira en Berlín y trabaja para la galería Pelaires). La próxima primavera, Ranzi inaugurará espacio en la capital germana; una remozada Mudimadrie que cierra en Amberes para reinventarse en el país teutón. La obra nueva del mallorquín (al que presumiblemente montará un estudio propio) vestirá en exclusiva una de las primeras exposiciones; promesa de gentleman, deseo expreso del visionario interesado. A modo de adelanto, diez de sus piezas estarán en la colectiva que el expirante centro belga inaugurará el 4 de septiembre. Seleccionadas personalmente por Ranzi -que se personó a tal efecto en Mallorca- compartirán cartel con Robert Rauschenberg, Wolf Vostell o Daniel Spoerri.
"Es un tren que no puedo dejar pasar". Pinya se autoconvence ante una decisión nada fácil, a pesar de su aparente irrenunciabilidad. Su "relación obsesiva" con el arte no es compatible con la vida normal de un veinteañero. Su ofuscamiento profesional exige renunciar a casi todo. Al amor, por ejemplo. "Estoy casado con la pintura. Y necesito abrir puertas", respalda. Berlín -"cuna cultural de los artistas del siglo XXI"- deviene para él una peregrinación "obligada". "Necesito ver un arte más fuerte", anhela. La escena mallorquina, a la que asegura "respeta", le carga por convencional y temerosa. "Algunos artistas tienen miedo", traduce. "La exclusividad que se pacta con las galerías acaba limitando. Hay que ser visceral".

Hiperactividad ordenada

"Cada vez me siento más cómodo, estoy encontrando dónde voy", asegura Pinya. Su obra sigue debiéndole mucho al expresionismo abstracto y graffitero de Jean-Michel Basquiat. Aunque "cada vez menos", como reconoce con entusiasmo. El particular universo del mallorquín -donde los siurells son los héroes, la Tierra se derrite y los ovnis y cucarachas acaparan simbolismo divino- ordena sus elementos. Simplifica cromatismos. Minimiza formatos y número de protagonistas. Y potencia el "elemento autobiográfico" y "la mirada nostálgica", tan presentes siempre en su obra.
Tras unos meses de claroscuros emocionales, potentes de trabajo y reconocimiento, Pinya ha descubierto "que la angustia y el dolor pueden ser motor creativo". Ha aprendido "a pintar con rabia". Y, paradoja, a "ordenar" su hiperactividad; un hecho perceptible en un estudio ni la mitad de caótico que hace un año.
"Tengo que trabajar mucho", repite disciplinado, con reiterativa frecuencia. Consecuencia directa, su guarida del centro palmesano sigue emanando movimiento, amontonando proyectos. Destaca su homenaje al cerdo y las matances, trazado en varias decenas de pinturas de medio formato. O su nuevo "laboratorio de arte contemporáneo", con botes de siurells en escabeche, sangre para vampiros o barbies prostitutas conservadas en formol. También los sesenta aguafuertes -cuatro limitadas series de grabados- realizados bajo la supervisión de Julio León en su estudio de Algaida. Plan sugerido por el editor Joan Rafel Bonet, saldrá publicado el año que viene. Con sorpresa, pues cada repetición está personalizada.
A la espera de poder ser profeta en su tierra -algo que podría suceder pronto, hay rumores, hay proyectos- Pinya seguirá creciendo en Berlín. Tal vez allí deje de ser "el niño eterno", como gusta definirse. O potencie su lado "salvaje", su condición de enfant terrible. O multiplique ambas personalidades.

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