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Marcos Vidal. La Resistència de l’art. Palma de Mallorca PDF Imprimir E-Mail

Por Pau Waelder

 

La Resistència de l’art. Palma de Mallorca

Hasta el 23 de mayo de 2005

Recibo la invitación de Marcos Vidal en forma de cuchilla de afeitar a la que se ha adherido una tarjeta con los datos de la exposición, no sé bien si como advertencia o como incitación a los “peligros domésticos” de los que trata su obra en esta ocasión. La misma invitación podría considerarse, sin rubor alguno, un acertado ready-made: esta cuchilla “Croma Diamant”, con su elegante simetría y afilados cantos, bien puede servir para afeitarse o para cortarse la venas. Un elemento vulgar y barato de nuestra cotidianidad que nos lleva a pensar en lo amenazantes que pueden ser los enseres domésticos, en cómo ese lugar que llamamos hogar no representa ni mucho menos la seguridad que tanto anhelamos encontrar. Tristemente, en las últimas semanas los telediarios han dado la razón al artista con continuas noticias de apartamentos que han volado por los aires por un escape de gas, dormitorios incendiados en un descuido del inquilino fumador, viejos inmuebles que se han convertido en trampas mortales para sus habitantes a causa de un inesperado derrumbe. Pero no son sólo físicos los peligros que nos acechan en el hogar: regresar a casa tras un día de trabajo o de unas vacaciones también es reencontrarse con uno mismo, con su familia (o la ausencia de ella), con sus circunstancias. Nuestro domicilio es el reflejo de nuestra personalidad, eso nos quieren vender los de IKEA, pero de hecho es cierto que los objetos que tan celosamente recogemos y acumulamos en nuestros apartamentos amenazan con matarnos un día de éstos, o peor aún, mostrarnos cómo somos.

Marcos Vidal recrea “ese agujero llamado casa” (como él mismo lo denomina) a través de diversas esculturas que ha elaborado con viejos juguetes y material de container. Cada pieza es una escena de un tragicómico vodevil cuyo inicio y desenlace se proyecta en nuestra imaginación, y en la que reconocemos, bajo un velo algo surrealista y declaradamente kitsch, situaciones cotidianas, anécdotas, deseos, sueños y pesadillas. Más gamberros que los juguetes de Liliana Porter, y menos violentos que los nazis en miniatura de los hermanos Chapman, los personajes de Vidal intercambian cabezas y cuerpos con desenfado, se pasean empalmados por sus mundos a escala, montan improvisados encuentros sexuales. Sus historias se nos presentan a veces como un retablo, cada escena embutida en una caja, en un conjunto que recuerda a las páginas de “Rue del Percebe 13”, aquel cómic en el que espiábamos a través de una fachada invisible las delirantes vidas de los vecinos de un edificio. Otras veces debemos rodear la pieza para descubrir detalles de la escena, como quien se plantea una cuestión desde diferentes puntos de vista. Y en otras ocasiones la pieza cuelga sobre nuestra cabeza, como una rara avis, con jaula y todo.

Tras una puerta de cristal junto a la que descansa una modesta Mobilette, se entrevé la silueta de un repartidor de pizza con cabeza de ratoncito Pérez que está echando un polvo rápido con una más que solícita Barbie marujona, mientras les observan impotentes las figuritas de porcelana de los novios de una tarta nupcial hace tiempo caducada. En un rincón, un Jesucristo con vaqueros ha perdido toda su beatitud sujetando su copa junto al mueble bar, los ojos perdidos que no sugieren ya un estado de trascendencia y bondad, sino una soberana cogorza. En el sótano, una equipada bricolera muere engullida por el contador de la luz, incapaz de detener la maquinaria que le está destrozando la cabeza, pese a todas las herramientas con las que se ha pertrechado. En la cocina, una misteriosa forma cobra vida en la cacerola, aprovechando la ausencia del ama de casa que se ha olvidado que tenía algo en el fuego. En el baño, un Madelman empalmado observa a una enorme cucaracha y tal vez piensa que Kafka tenía razón, que uno se levanta por la mañana con el cuerpo transformado. Encaramado a la chimenea, un Batman con cuerpo de osito Mimosín observa melancólico la maleta de su amada Barbie, quien tal vez se haya fugado con el pizzero. Y mientras el sillón futbolero aguarda ofrecer reposo al guerrero (un caballero de ponche en tetina), en la azotea se desarrolla una escena de súper cuernos con trágico final: el airado Power Ranger ha descubierto a su señora Catwoman a punto de realizar una felación a un compañero y se dispone a coserlos a balazos.

En estas escenas se entremezclan el juego inocente, la ironía y la fascinación que nos provoca un mundo en miniatura, en el que vemos espacios y situaciones a una escala que podemos controlar. La ejecución de las piezas, conscientemente descuidada, y el uso de estos sufridos juguetes infantiles que habían caído en el olvido, nos presenta las historias de un modo desenfadado, carente de pretensiones. Pero no se nos escapa finalmente la profundidad narrativa y emocional de estas escenas, algunas cómicas, otras algo trágicas, unas violentas, otras plácidas. La cotidianidad que nos representan, si bien a través de personajes híbridos y caricaturescos, no deja de ser la que todos vivimos y conocemos.

Ciertamente, los Peligros domésticos de Marcos Vidal son escenas que hay que tomarse con sentido del humor. Pero con ese humor de quien se ríe mirándose al espejo.

Pau Waelder
Mayo, 2005

 


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