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Por Manuel Crespo MACBA, Barcelona Hasta el 15 de enero de 2006. Durante la rueda de prensa y con motivo de la comparación de su obra con la de otro creador, Günter Brus se definió a sí mismo como “verdadero chamán”, en contraposición a ciertos artistas de los años sesenta del pasado siglo, dentro de lo que se ha denominado “body art” que, en su opinión, sólo buscaban al fin un objetivo estético y promocional. El chamán, en las culturas llamadas primitivas, es el encargado de conectar con los seres del inframundo y supramundo que pueblan la tierra, en otras dimensiones distintas a las que nuestros sentidos son capaces de captar, y lograr su favor o, como mínimo, esquivar su furia. La cosmogonía de esos pueblos es mágica y terrible, y su cotidianidad no puede desarrollarse sin tener en cuenta sueños y presagios, prácticas adivinatorias u ordalías, pues su mentalidad atribuye cuanto ocurre a potencias ocultas pero influyentes.
En toda la obra de Günter Brus, recopilada por primera vez en España en la magnífica muestra ofrecida por el Macba, se halla la necesidad de separarse de sí mismo, de vaciarse, de exorcizar deseos y miedos que, paradójicamente, imposibilitan una forma abierta y total de relación con lo existente. Al estilo del éxtasis obtenido por los derviches en su danza giratoria o de los rigores místicos, Brus emplea el dolor, el arrebato y el desgaste físico en su huida implacable hacia lo ignoto. Naturalmente, esa furia vital impregna lo expuesto e impacta poderosamente en el espectador. Pero eso, con ser mucho, no es todo. Conocíamos a Brus por su período dentro del accionismo vienés y sus episodios de progresiva dureza y autohumillación que culminaron con la ceremonia “Prueba de resistencia”, que constituye el colofón de su actividad accionista y superaba la cuestión de la autolesión de una vez por todas, pues tras ella, como admitió el artista durante su charla con los periodistas, sólo cabía el suicidio, acto desesperado y consecuente que no se atrevió a dar. Sin embargo, “Quietud nerviosa en el horizonte” da cuenta de otras facetas de Brus de menor espectacularidad, pero no por ello menos interesantes, en un recorrido cronológico en el que se ve una obra que en una primera lectura parece incoherente, pues atraviesa y participa del informalismo pictórico y la exploración radical del cuerpo para acabar en un regreso a la pintura figurativa y al poema, pero que es en verdad una casi inaudita prueba de honestidad y, por qué no decirlo, de valentía por parte de un artista que no ha querido nunca reiterarse. Y esto no por la búsqueda incesante de novedades que ofrecer al mercado, sino porque sabe -a fin de cuentas es hechicero- que en arte no se trata de divertir, sino de ingresar en un espacio mudo, desconocido, conmovedor. La trayectoria de Brus arranca en 1960, gracias a una estancia en Mallorca, donde tiene la fortuna de conocer a la pintora estadounidense Joan Merritt y el expresionismo abstracto, lo que le causa una honda perturbación por lo que supone de liberadora la técnica del automatismo psíquico practicada por esta escuela americana, método inspirado directamente en el movimiento surrealista, y que centra su interés, hasta entonces errabundo entre el dibujo, la poesía y la música. Comienza a dibujar sobre papel, que deposita en el suelo y que gira constantemente durante la ejecución, sobre el que aplica el lápiz con centelleantes garabatos que a veces rompen la lámina. Paulatinamente, su interés acude al entorno. La superficie lisa le parece insuficiente. Él quiere pintar con todo el cuerpo, busca la ebriedad absoluta. En ese contexto surge Ana, su primera acción, precursora del arte corporal, realizada en otoño de 1964 en el apartamento de Otto Mühl. El artista se mueve por una habitación blanca envuelto en vendas, de las que se deshace con esfuerzo. Posteriormente, embadurna frenéticamente la estancia y a sí mismo de pintura negra, y más tarde, el cuerpo desnudo de su mujer, Anni. A medida que su interés se amplia al análisis del cuerpo, Brus entra en una espiral salvaje, una inmersión en el horror, en sus propios fantasmas, un autoanálisis llevado a cabo en público del que no saldrá indemne y que, por su crudeza y vinculación política, escandalizó a la burguesía de su país –que como en todas partes se halla presta a indignarse- convirtiéndolo en “el austriaco más odiado” y logrando incluso que fuera condenado a prisión y acabase exiliado en Berlín. Vemos, en la muestra que nos ocupa, trances insoportables para el espectador y decenas de dibujos en los que se detallan todo tipo de aberraciones planeadas para el futuro. Un camino hacia la muerte del que escapó gracias al nacimiento de su hija. Esa autocuración conllevó una crisis artística de la cual sale airoso. La última parte de la exposición está dedicada a su reinvención, más serena, en pintor y poeta. Obras delicadas, románticas y decadentes, alejadas del tono provocador que ya carecía de sentido para él, pero que también buscan la revuelta interior del contemplador. |